Mis cuentos favoritos. El leñador y su hacha.
- rus8384
- Jan 12
- 5 min read
Afila tu hacha, tu bienestar es la base, no el premio.
Querida comunidad, hoy quiero hablar de un cuento que encontré en un libro precioso y que ha resonado profundamente en mí: "El leñador y su hacha".
Lo leí en "Amarse valió la alegría", de María del Mar Vals, y es un espejo perfecto para quien cuida, cría y/o trabaja con paradas insuficientes para si misma. Un leñador, cada día más esforzado, corta menos árboles. Su jefe le pregunta lo que duele: "¿Cuánto hace que no afilas tu hacha?". Y él responde: "No tengo tiempo, estoy muy ocupado talando".
¿Te suena? Este leñador vive dentro de cada madre, padre, educador o cuidadora que siente cómo su energía, su paciencia y su claridad mental se desgastan más cada día.
Nuestro hacha: los cuatro filos de nuestro ser.
Nuestro "hacha" no es de acero. Es nuestra humanidad, los recursos internos que nos permiten vivir con plenitud, no solo sobrevivir:
-El filo mental: para pensar con claridad y tomar decisiones.
-El filo emocional: para sentir con equilibrio, conectar y empatizar.
-El filo físico: para actuar con energía, salud y vitalidad.
-El filo espiritual/conexión: para vivir con propósito, sentido e ilusión.
La trampa cultural: entre la abnegación y el agotamiento.
Muchas de nosotras, especialmente las mujeres, hemos crecido con un mandato silencioso pero poderoso: la buena madre, la buena cuidadora, es la que se entrega por completo. Su valor parece medirse por su capacidad de sacrificio. Es el modelo de la abnegación, donde las propias necesidades quedan enterradas en el último lugar de una lista interminable.
Nos presentan un falso dilema: o te sacrificas (abnegación), o eres negligente. En ese péndulo, elegimos el cansancio, creyendo que descuidarnos es sinónimo de amor. Pero es una trampa que nos deja exhaustas y vacías.
La tercera vía: el amor propio como acto de coraje (y de ciencia).
Lo que sentimos como agotamiento tiene una base biológica concreta. Nuestro cerebro ejecutivo (corteza prefrontal), responsable de la paciencia y la toma de decisiones, se fatiga como un músculo por la sobrecarga constante. El estrés crónico eleva los niveles de cortisol, una hormona que, en exceso, debilita el sistema inmunitario y nubla la claridad mental. Por eso, cuando "talamos sin afilar", no solo nos sentimos cansados; nuestro rendimiento cognitivo y emocional disminuye de forma medible. Afilar el hacha (descansar, conectar, nutrirnos) no es un capricho, es una reparación neurobiológica necesaria para funcionar.
La abnegación crónica no es sostenible. La ciencia lo confirma: nuestro cerebro se agota, el estrés constante daña nuestra salud y el "quemarse" es una consecuencia real de dar sin reponer. El amor propio no es el enemigo del cuidado a los demás. Es su cimiento. No puedes ofrecer calma si estás en crisis, ni presencia si estás ausente de ti misma.
Cuidarte no es un lujo. Es el mantenimiento básico de tu herramienta más valiosa: tú.
Cómo afilar el hacha: tejido de cuidados.
Afilar el hacha es un acto de amor hacia una misma y, por tanto, hacia todo lo que amas. Empieza con micro-rituales compasivos:
-Un vaso de agua bebido en silencio.
-Tres respiraciones profundas antes de reaccionar.
-Nombrar lo que sientes: "Estoy agotada, y está bien sentirlo".
Pero el afilado profundo, el que repara de verdad, requiere compromisos más valientes. ¿Lo sientes así? Aquí algunas ideas:
-Para el cuerpo: un paseo largo en la naturaleza, una clase de baile, una sesión de gimnasio o de yoga, una comida que te nutra de verdad.
-Para la emoción: escribir un diario, cultivar buenas amistades y relaciones donde puedas ser tú misma, sin máscaras, donde te sientas escuchada y sostenida.
-Para el espíritu: meditar, rezar, contemplar el arte, o simplemente no hacer nada.
-Para la mente: leer un libro que no hable de crianza, aprender algo nuevo por placer.
A veces, un gesto profundo y transformador de "afilado" es reconocer que necesitamos una herramienta o una guía externa. Si sientes que las reacciones son desbordantes, que los miedos te paralizan, que la carga es demasiado pesada o que los patrones de agotamiento y culpa se repiten sin salida, contar con terapia psicológica es un acto de amor propio y de responsabilidad radical. No es una señal de debilidad, sino de fortaleza y de compromiso genuino con tu bienestar y, por extensión, con el de quienes te rodean. Una persona profesional puede ser esa "afiladora experta" que te ayude a restaurar el filo desde la raíz, trabajando con las heridas y mandatos más profundos.
Incluye a tu tribu. Negocia tiempos reales de desconexión con tu pareja, familia, amigos o apoyo profesional. Pide ayuda de forma concreta. Las buenas relaciones no son un apoyo extra; son parte esencial del afilado del hacha.
La "culpa buena": la señal de que estás sanando.
Cuando empieces a priorizarte, es probable que aparezca culpa. No la escuches como un veredicto. Escúchala como un eco. Es el sonido del mandato antiguo quejándose porque lo estás desobedeciendo. Es la señal de que estás rompiendo un patrón heredado para construir uno más sano y verdadero. Dale las gracias por mostrarte lo lejos que has llegado, y sigue adelante.
Sé compasiva/o contigo en este camino. Algunos días solo podrás con la respiración. Otros, podrás con el paseo. Todo cuenta. Todo es válido. El objetivo no es la perfección, sino la dirección: dejar de talar con un hacha mellada, y empezar a cuidar con amor a la persona que la maneja.
Conclusión: por un nuevo final.
Imagina un nuevo final para el leñador. Tras afilar su hacha, no solo trabaja mejor, sino que disfruta del aroma del bosque, escucha el canto de los pájaros y vuelve a casa con las manos cansadas pero el corazón ligero, listo para abrazar a los suyos.
Ese puede ser tu final. Porque criar, trabajar, amar... no es una carrera de resistencia. Es un viaje largo que merece ser disfrutado.
Hoy, pregúntate con cariño: ¿En qué filo de mi hacha noto más el desgaste? ¿Qué pequeño o gran gesto de "afilado" (un café con una amiga, una tarde de lectura, una cita conmigo misma) me puedo regalar esta semana?
Porque una persona cuidada, sostenida por el amor propio y las buenas relaciones, es el mejor regalo para una familia y para el mundo.
Con cariño,
Rus.
PD: este cuento monosémico (dirigido especialmente al centro mental), que conocí gracias a "Amarse valió la alegría" de María del Mar Vals, es una herramienta perfecta de Cuentoterapia para recordarnos que nuestro bienestar no es la meta del camino, sino el suelo firme desde donde empezar a caminar.
¿Y a ti de qué te habla el cuento?






Me encanta esta historia y me encanta tu entrada.
Creo que estas fechas post-navideñas viene fenomenal este recordatorio de lo importante que es parar y cuidarnos.
Gracias por tus reflexiones y consejos.