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Mis cuentos favoritos. Si yo tuviera una púa.

Mar 2
8 min read

Cuando dar todo por amistad no es amistad. Un cuento sobre autoestima, límites y relaciones verdaderas.


Queridas familias:


Hoy traigo un cuento emosémico (así llamamos en Cuentoterapia a esos álbumes ilustrados donde texto e imagen se alían para tocarnos por dentro). Se titula "Si yo tuviera una púa", de Eva Clemente y Teresa Arias, con editorial Emonautas. Su protagonista se llama Pepincho, un erizo que emprende sin saberlo un viaje de aprendizaje emocional.


Aquí os lo dejo. Os recomiendo escucharlo contado por Pipa Mala (también sus interpretaciones que me parecen muy acertadas).



¿Qué os ha parecido?


Menuda historia. Por aquí mis reflexiones. Pepincho empieza creyendo que sus púas no valen nada. Que quién le va a querer siendo como es. Y desde esa herida, desde esa baja autoestima, se lanza al mundo con el ansia de agradar.


¿Te suena? A mí sí. A todas nos puede haber ocurrido alguna vez.


Vamos a pasear por sus páginas. Primero mirándonos a nosotras (las personas adultas). Luego hacia nuestras criaturas. He de decir que en esta entrada se me han entrelazado bastante unas y otras.


Los momentos clave del cuento (y algunas de mis reflexiones e interpretaciones).


1. El principio: "Mis púas no valen nada".


Pepincho cree que sus púas, lo que le protege, lo que le hace ser quien es, no es valioso. Piensa: ¿quién va a quererme así?


Para nosotras: esta es la semilla de todo. Cuando no nos valoramos, somos carne de cañón para relaciones interesadas o dañinas. Necesitamos amor fuera porque no lo tenemos dentro. Y eso nos vuelve vulnerables en el mal sentido. Yo, sin ir más lejos, antes de empezar mi trabajo personal atraía parejas que acababan ignorando mis necesidades o me insultaban. Una vez que emprendí mi viaje terapéutico, aprendí que más valía sola que mal acompañada, quería pareja pero no a cualquiera precio. Incorporé mi no con fuerza y todavía sigo aprendiendo.


En crianza: observar cómo hablan de sí mismas nuestras criaturas. Ayudarles a ver su valor sin condiciones. No por lo que hacen, no por lo que dan. Por lo que son.


2. El zorro: el primer "falso amigo" y la escuela del "no".


El zorro aparece y lo engatusa: "Qué bonitas son tus púas, ¿me das una para coser mis calcetines?".


Pepincho, feliz, piensa: "¡Por fin un amigo!". Y da. Aunque algo dentro quizás le decía que no, que esas púas eran suyas, que le dolía un poco desprenderse de ellas. Pero pudo más el deseo de agradar.


Para nosotras: el halago interesado. Quien se acerca solo por lo que puedes dar, pero lo envuelve en palabras bonitas. ¿Lo hemos vivido? ¿Hemos dado algo nuestro por miedo a que no nos quieran si no lo hacemos?


Y aquí viene una reflexión importante para la crianza:


¿Estamos entrenando a nuestras criaturas para complacer o para escucharse?


A veces, sin maldad, les pedimos que den besos, abrazos o palabras amables cuando no quieren. Que saluden aunque estén tímidas. Que sean "educadas" por encima de su propio malestar. Que jueguen con quien no les apetece jugar. Sin querer, les estamos enseñando que lo que los demás esperan de ellas importa más que lo que sienten. No perdamos de vista que las emociones y sensaciones físicas nos hablan directamente de necesidades y preferencias. Siempre digo que nos dan poder (escuchemos esto y demos espacio a lo que cuenta).


Te pongo un ejemplo que me contaban el otro día:


Una persona me decía que se siente muy sola en su crianza. Que no tiene una tribu cerca, que todo lo hace ella. Y eso le ha llevado, en los pocos encuentros sociales que tiene con su peque, a forzar la máquina. A querer que su hija sea simpática, que salude, que dé abrazos, que no "quede mal" delante de los demás. Por miedo a que si la niña no responde como "toca", la señalen a ella, o la inviten menos, o confirmen eso de que "algo estará haciendo mal".


Mientras me lo contaba, se dio cuenta de algo: sin querer, estaba priorizando la imagen externa sobre el bienestar de su hija. También sobre el vínculo con ella. Porque la niña, al negarse, no estaba siendo "maleducada": estaba diciendo "hoy no me apetece", "no me siento segura", "necesito mi tiempo". Y su madre, desde la soledad y el miedo, no podía escuchar eso.


Habrá momentos necesarios, claro. Pero muchas otras veces podemos respetar su "no". Ese "no" pequeño (a un beso, a un abrazo, a compartir un juguete) es el primer ensayo para decir "no" de mayor cuando alguien les pida algo que no quieren dar.


Porque si desde pequeñas aprenden que su "no" se respeta, de adultas les costará menos ser fieles a sí mismas, aunque a veces suponga el rechazo de fuera. Preferirán ser auténticas a ser agradables a cualquier precio.


En crianza: enseñar a distinguir entre quien nos valora y quien nos utiliza. El zorro no quiere a Pepincho, quiere sus púas. Y Pepincho, como no se valoraba, no supo decir que no. Ayudemos a nuestras criaturas a no repetir esa historia. Ayudémonos también nosotras a sostener su "no" , aunque a veces nos tiemblen las piernas por lo que pensarán.


3. El perro: la demanda que crece.


El perro le pide una púa para sujetarse el pelo. Luego otra. Luego otra para distintos peinados. Pepincho sigue dando. Porque si da, le aceptan. Si da, es útil. Si da, existe para ellos.


Para nosotras: las relaciones donde nunca es suficiente. Por mucho que des, siempre piden más. Y tú te vas quedando sin protección, sin energía, sin ti.


Pero hay otra lectura aquí, más sutil, y tiene que ver con lo que transmitimos con nuestros actos.


Te pongo un ejemplo que me viene a la cabeza:


Una persona me contaba que su hija de dos años le exige mucho. Todo el rato. Juego, atención, brazos, leche, que no se siente, que se siente, que la coja, que la deje. Y ella, agotada, intentaba responder a todo porque le habían dicho que "a esta edad hay que estar muy disponible", que "es una fase", que "si no respondes, generas inseguridad".


Y claro, llegó un punto en que ella ya no existía. Era solo "mamá-sirviente". Y empezó a resentirse. A sentir que su hija le exigía, pero también a sentir que ella misma se había borrado.


Porque sí, las criaturas de dos años necesitan mucha presencia. Pero también necesitan aprender, poquito a poco, que mamá o papá es una persona. Que tiene cuerpo, que se cansa, que a veces necesita sentarse, que no es un recurso infinito.


No se trata de dejar de atender. Se trata de ir incorporando, con ternura y firmeza, que nosotras también estamos. Que nuestras necesidades también cuentan. Que decir "ahora no puedo, en cuanto termine esto te atiendo" también es amor. Que mostrar nuestro cansancio también es enseñanza.


Porque si solo damos y damos sin mostrar nuestros límites, ¿qué están aprendiendo? ¿Qué somos seres sin necesidades? ¿Qué pedir es gratis porque la otra nunca se agota? ¿Qué querer a alguien es estar siempre disponible?


En crianza: ayudar a nuestras criaturas a detectar a esas personas que siempre piden, nunca devuelven. Pero también enseñarles, con nuestro ejemplo, que querer no es desaparecer de la ecuación. Que una relación sana es bidireccional. Y que nosotras, sus adultas de referencia, también merecemos cuidado. "Ahora te atiende papi, yo voy a echar la siesta".


Porque si ellas ven que nos cuidamos, aprenderán a cuidarse. Y si ven que ponemos límites con amor, aprenderán a ponerlos sin culpa.


4. La liebre: el desprecio final y los sistemas que no cuidan.


La liebre tiene invitados y necesita mondadientes. No solo pide, sino que no se conforma con lo que queda de Pepincho. Le quita casi todo y además refunfuña. Como si fuera poco lo que recibe, encima protesta.


Para nosotras: hay quien encima de pedirte todo, ni agradece. Como si fuera tu obligación dar. Como si tú no importaras.


Y esto me lleva a pensar en algo que va más allá de las relaciones individuales. Hay sistemas enteros que funcionan así.


Hace poco me hablaban de una escuela infantil. Una educadora contaba que las condiciones eran duras: sueldos bajos, jornadas largas, pocos recursos, y encima exigencias enormes. "Tienes que querer a los niños como si fueran tuyos, pero no te cuidamos a ti". Y luego, si algo falla, la responsabilidad cae sobre ellas.


Un sistema que pide púas constantemente: tiempo, energía, vocación, entrega. Pero no devuelve. No protege. No cuida a quienes cuidan. Y cuando las educadoras se quedan sin púas, quemadas, agotadas, el sistema busca a otro erizo, otra a quien sacarle lo que necesita. Sin preguntarse por qué se van, por qué no rinden, por qué enferman.


En crianza: hablar de la gratitud. De que quien recibe y no valora, no es amigo. Pero también mirar con conciencia los sistemas que elegimos. Preguntarnos: en la escuela de mi criatura, ¿cuidan a quienes cuidan? ¿Hay condiciones dignas? ¿Se respeta a las educadoras? En mi familia se decía "Cuando seas padre comerás huevos" para hablar de los privilegios de las personas adultas. He pensado que no voy a renunciar a mis huevos aunque ya no use mucho esta expresión.



Y también, para dentro de casa: ¿somos nosotras liebres con nosotras mismas? ¿Nos exigimos sin darnos nada? ¿Refunfuñamos cuando no llegamos?


5. El ataque: la soledad del que solo da.


Pepincho tiene frío. Viene un ave rapaz. Pide ayuda a los que creía amigos. Nadie responde.


Para nosotras: el momento de la verdad. Cuando necesitas, ves quién está. Duele, pero enseña.


En crianza: a veces hay que pasar por la dificultad para descubrir quién está de verdad.


6. La tortuga: la ayuda sin condiciones.


Llega la tortuga. No le pide nada. Solo le ayuda. Le cobija, le cuida, le muestra algo importantísimo: "Necesitas tus púas".


Para nosotras: la tortuga es esa persona que aparece sin pedir: una amiga verdadera, alguien con experiencia que te recuerda tu valor. No te quita, te devuelve a ti misma.


En crianza: ser tortuga para nuestras criaturas. Ayudarles a identificar a sus propias tortugas.


7. Las púas vuelven a crecer.


Pepincho se recupera. Vuelve a tener sus púas. Pero ahora sabe algo que antes no sabía.


Para nosotras: la autoestima se reconstruye. Pero deja huella. No vuelves a ser la misma que antes de saber lo que sabes.


8. La rana: el límite que abre la puerta a la amistad verdadera.


Aparece una rana. También le pide una púa. Pero Pepincho responde: las necesito yo".


No da. Se cuida. Pone un límite.


Entonces ocurre lo mágico: la rana se queda. No se enfada, no se va. Acaban siendo amigos.


Para nosotras: esta escena es una MAESTRÍA. Porque nos enseña que:

- Poner límites no espanta a quien merece la pena.

- Decir "no" es un acto de amor propio.

- La amistad verdadera no exige, respeta.


En crianza: enseñar a nuestras criaturas que quien se enfada porque dices que no, no era amigo. Y que quien respeta tu "no", merece tu "sí".


Actividad familiar: "El erizo de las púas valiosas".


1. Dibujamos un erizo grande (o cada uno el suyo).

2. En cada púa escribimos o dibujamos algo que nos protege y que no queremos regalar (nuestro tiempo, nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra forma de ser...).

3. Alrededor, dibujamos o escribimos los nombres de nuestras tortugas: quienes nos cuidan sin pedir nada.

4. Y también, si queremos, dibujamos una rana con la que practicar el decir "no" para ver qué pasa.


Preguntas para la cena o el paseo:


- ¿Alguna vez has dado algo tuyo para que te quieran?

- ¿Cómo sabes si alguien es como la tortuga o como el zorro?

- ¿Qué púas tuyas son las más importantes de cuidar?

-¿Tú eres alguna vez como el zorro?


Para cerrar:


Este cuento me ha recordado que la autoestima no es un adorno, es un escudo. Que cuando no nos queremos, atraemos a quienes nos quitan. Y que aprender a decir "esto no lo doy" no nos deja solas, nos deja con la gente adecuada.


Ojalá Pepincho nos acompañe en casa y nos recuerde que nuestras púas son valiosas, y solo merecen compartirse con quien las respeta.


Con cariño.


Rus.



 
 
 

2 Comments


Raquel Lumbreras
Raquel Lumbreras
Mar 03

Qué cuento tan potente. Como decías, las imágenes también son trascendentales. Es doloroso ver a Pepincho sin sus púas, despierta rabia ver al zorro durmiendo en su alfombra y yo he respirado de alivio cuando ha aparecido la tortuga. Y ese final tan inspirador, respirar y permitirse decir no. Una explicación simple y sincera. El cuento termina bien, afortunadamente, también podría haber sido esa rana como el conejo y enfadarse. En cualquier caso el erizo ya no es el mismo y creo que ese cambio de actitud tarde o temprano le hubiera llevado a encontrar esa rana amiga con la que reirse y disfrutar. Me han gustado mucho también tus propuestas para trabajarlo en casa, me tomo nota mental de todo.

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rus8384
Apr 12
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Pues sí Raquel. El erizo ya no es el mismo y sus experiencias le ayudan a crecer y ubicarse más sanamente en sus relaciones. Gracias por compartir.

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